Señales para identificar si es momento de ir al psicólogo

Un espacio terapéutico no necesariamente es imprescindible, pero hay etapas en las que puede ser necesario.

“Los psicólogos son para los locos.”

“Me puedo arreglar solo. Si necesito hablo con un amigo y problema resuelto.”

“No creo en la psicología.”

Somos complicados los seres humanos. Estamos poblados de contradicciones, habitados por ellas. A nadie le gusta sufrir, pero el sufrimiento es parte natural de nuestra existencia. El punto es cómo lo procesamos, qué hacemos con él.

El pedir ayuda psicológica es uno de los tantos recursos de los que disponemos, sin embargo la gente tiene frente a esta posibilidad, a menudo, una posición ambivalente. Después de 30 años de profesión puedo decir que la psicología no es una cuestión de fe.

Es curiosa la relación que tenemos en nuestro país con aquellas cuestiones ligadas a la psicología y a las distintas formas de la psicoterapia. Somos, por un lado, el país del mundo con mayor cantidad de profesionales en el área “psi” per cápita. En Argentina hay más de 80 mil psicólogos, es decir, casi 200 profesionales de la salud mental por cada 100 mil habitantes, mientras que en Ciudad de Buenos Aires hay 35 mil psicólogos y es aquí donde se concentra el 42 por ciento de la población total de estos profesionales en el país, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). En segundo lugar está Finlandia, con casi 57 profesionales por cada 100 mil. A nivel regional, el segundo puesto lo ocupa Colombia, con 11 profesionales por la misma cantidad de habitantes.

Todos los argentinos somos un poco técnicos de fútbol, un poco psicólogos. Sabemos, opinamos, decimos, tenemos una gran cultura “psi”. En las revistas de autoayuda nos encontramos con mágicas soluciones para resolver cuestiones esenciales de nuestra personalidad y el malestar diario que nos atraviesa. Pero, al mismo tiempo, a la hora de poner el cuerpo y sentarse en un consultorio a hablar de uno, las cosas son diferentes.

Recuerdo un hombre de unos 70 años que llegó hace más de una década a un consultorio en el que yo trabajaba dentro de una institución, con cara visiblemente ofuscada, y golpeando la mesa.

—Le quiero aclarar, doctor, que yo no creo en nada que empiece con psi — dice.

No intenté siquiera explicarle que no era doctor, no era momento para sutilezas.

—Yo estoy acá —continúa— porque me manda mi cardiólogo y mi esposa, así que lo que sea que tenga que hacer hágalo rápido.

Dicho esto, el hombre -al que llamaremos Raúl- empieza a contarme su padecer. Lo incluyo en un grupo terapéutico al que concurre durante un año y medio aproximadamente, y recuerdo con mucha ternura el día en que anuncio el alta de Raúl en el grupo porque había cumplido su objetivo, había resuelto aquello por lo que había venido. Rompe en llanto y emocionado dice lo mucho que le va a costar dejar ese espacio. Después de darle un abrazo -conmovido yo también-, le pregunto con alegría y risueñamente si éste era el mismo hombre que había golpeado el escritorio un año y medio atrás.

Esto pasa muchas veces con los procesos terapéuticos. Asusta, sobre todo para aquellos que nunca han atravesado un espacio de este tipo, enfrentarse y encontrarse con el propio ser. Hacer terapia es un encuentro, no con el terapeuta, no con el psicólogo, sino con uno, y no estamos acostumbrados a darnos cita con nosotros mismos. Encontrarnos con nuestras emociones, con nuestro sentir, con aquello que nos duele, es un desafío que no estamos dispuestos a enfrentar.

Están quienes trabajan todo el tiempo o más de la cuenta para no encontrarse con aquello que les duele, los que se enferman, quienes repiten conductas tóxicas, los que se encierran.

Cada uno hace lo que puede, como puede y cuando puede. Lo cierto es que, así como el cuerpo duele y tratamos de manejarlo con los recursos que tenemos a mano -analgésicos, nuestro propio saber médico, el Dr. Google-, hay momentos en que tenemos que tomar la decisión de pedir un turno con un especialista.

Nadie duda de la existencia de la medicina y nadie dice “yo no creo en los médicos”. Con el dolor psíquico ocurre lo mismo. Hay problemas, hay malestares, hay conflictos que podemos manejar hasta cierto punto y a partir de allí debemos tomar una decisión.

¿Cuáles son las señales?

La gente acude a un consultorio psicológico porque algo de lo psíquico duele, hace ruido, está desacomodado.

Hay tres ejes que son fundamentales en el intento de buscar algo parecido a la felicidad: el manejo saludable de las emociones, el poder convivir de la forma más armoniosa con los conflictos y enfrentarlos en el intento de buscar un equilibrio entre las distintas áreas de nuestra vida.

Hay cosas que dependen de nosotros, hay otras que nos son ajenas, pero un porcentaje altísimo del sufrimiento humano tiene que ver con lo que en nuestra imaginación ponemos más allá de lo que efectivamente sucede en el afuera.

El ser humano se acostumbra a vivir con el displacer. Cuento una anécdota chiquita. Hace un tiempo salí de mi casa en una jornada larguísima por delante y, subiéndome a un remis que me llevaba a destino, me doy cuenta que tengo algo que me molesta en el zapato. Éramos varios en el auto para poder descalzarme y ver de qué se trataba. Llegué al lugar, tenía que empezar con la actividad, imaginé una piedrita, fue quedando y durante el día me olvidé de que la piedra estaba ya entre la media y la suela. Me di cuenta cuando volví a mi casa, una ampolla importante daba cuenta del objeto extraño. Pero digo, este es el punto: durante todo el día desestimé el dolor hasta olvidarlo, y esto hacemos habitualmente con cuestiones que nos atormentan. Naturalizamos, lo llevamos al plano de la negación, que es uno de los mecanismos de defensa por excelencia del ser humano. Y desarmar mecanismos de defensa es una de las tareas que emprendemos los terapeutas en nuestros consultorios, en el trabajo en equipo con nuestros pacientes.

¿Cuáles son entonces las piedras en los zapatos?

Cuando aquello que nos duele ocupa más espacio en nuestra cabeza del que podemos manejar.
Cuando perdemos o modificamos sin proponérnoslo el manejo de las funciones básicas de nuestra vida: el buen dormir, el apetito, etc.
Cuando notamos cambios de humor que no podemos manejar y se reflejan en los vínculos con nuestros seres más cercanos.
Cuando nuestro cuerpo empieza a hablar y nos enfermamos sin motivo aparente alguno y el médico nos dice (sin embargo) que está todo bien.
Si ponemos la cabeza en la almohada para hacer lugar al merecido descanso pero un torbellino de ideas nos asaltan, algo anda mal.
Si nos disponemos a disfrutar de algo que esperamos con ansias pero una angustia nos invade sin que tengamos ni remota idea de qué es lo que nos preocupa.
Si no podemos manejar nuestro malhumor, y nuestros embates afectan a quienes queremos.
Si a lo largo del tiempo las cosas lejos de mejorar, empeoran.
Mucha gente usa como argumento para autoconvencerse de la no necesidad de un espacio terapéutico que ellos, si tienen algún problema, pueden hablar con amigos.

Yo digo y pienso: el espacio con los amigos es imprescindible en esta vida. Necesitamos de una oreja, un abrazo y un hombro en el que apoyarnos. Y es terapéutico hablar con ellos, pero no reemplaza un espacio profesional. Repito, es menester compartir con amigos la maravilla y lo difícil de nuestras vidas. Un espacio terapéutico no necesariamente es imprescindible en la vida de un hombre o de una mujer, pero puede ser necesario si a tiempo se toma la decisión de comenzar la aventura de bucear en las emociones.

“Encima tengo que pagarte”

Una de las curiosidades de esta profesión maravillosa que elegí es que la propuesta es una invitación a un encuentro con lo más doloroso, para purgarlo, para procesarlo, para elaborarlo y para que salga en forma de resurrección.

Tras un largo período de resistencia a la terapia, un paciente, un hombre grande, me dijo -con afecto y mucho humor- un día que estaba muy angustiado: “Vos me hacés llorar como un desgraciado y encima termina la sesión y yo tengo que pagarte”.

Y esta es una de las paradojas del tratamiento psicológico. Es disponerse una vez por semana, una vez cada 15 días o lo que fuere, a encontrarse con aquello que nos duele, con aquello que nos desvela, pero –y esta es la buena noticia- este encuentro es necesario para más adelante poder soltar y pararnos diferente en relación al sufrir.

Lo esencial es invisible a los ojos

Hay muchas maneras de pensar el espacio terapéutico, hay una que me gusta mucho, que surgió precisamente del material de una sesión.

En un consultorio en el que atendí por más de 20 años, atrás de mi sillón había una ventana que daba a un patio lleno de plantas, verde y vida. En la pared de atrás del diván había -desde siempre – un retrato muy querido para mí, de Pablo Neruda, un cuadro de un tamaño importante.

Un paciente, luego de casi dos años de concurrencia, un día acomoda los almohadones de manera distinta y golpea su cabeza con el vértice inferior del cuadro, se da vuelta y me dice “esto es nuevo”.

Le sonrío y le digo que de ninguna manera, que don Pablo estaba desde los inicios de su trabajo conmigo. Se sorprende y me regala esta lindísima reflexión: “Hacer terapia es precisamente esto, descubrir como novedoso algo que siempre estuvo ahí al alcance de mi mano o de mi cabeza en este caso. Yo siempre veía tu sillón, a vos, el patio. En algún momento, como las anteojeras de los caballos vamos ampliando el radio, el ángulo de la visión y descubrimos un montón de cosas que estaban ahí y nosotros, enfrascados, no veíamos”.

Hacer terapia -y agradezco esta bella descripción que me regaló mi paciente-tiene que ver justamente con encontrarnos con cuestiones que estaban a menudo dentro nuestro, o quizás afuera sin que pudiéramos percibir, apreciar por este empecinamiento que tenemos los seres humanos en regodearnos en aquello que nos molesta, en aquello que nos estorba, sin poder ver a veces que para este clavo que queremos clavar tenemos curiosamente el martillo al alcance de nuestras manos. No es descubrir cosas que no teníamos, sino redescubrir aquello que ya existía.

Es una profesión maravillosa la mía y agradezco por ello.Tengo el privilegio de conocer gente con ganas de ser feliz y con el coraje de preguntarse y querer bucear para llegar a estos momentos parecidos a la felicidad que nos podemos regalar a través del espacio terapéutico.

Un nene me decía una vez que él “descubrió” -como le gustaba decir- algo que lo atormentaba y entristecía: “Ale, esto es como ser detectives juntos, darnos cuenta lo que nos hace mal y no podemos entender”.

Como el cuadro de Neruda a espaldas del paciente.

Quisiera que esto (no) dure para siempre

Hay una falsa creencia respecto de las terapias eternas y de que la psicoterapia perpetúa el vínculo con el paciente por los años de los años y amén. Lejos de esto, creo que el espacio terapéutico debe ser un espacio dinámico. No creo en las terapias eternas, tampoco en las soluciones mágicas. Llevará el tiempo que tenga que llevar.

Les explico siempre a mis pacientes que en definitiva termina siendo como el vínculo con el médico. Hay un período quizás más prolongado de trabajo en el inicio del espacio y, después de resolver ciertas cuestiones esenciales, podrán ir y venir a criterio propio cuando algo vuelva a molestar.

Sigo considerando pacientes míos a quienes han interrumpido la continuidad del espacio. Hace unas semanas volvió después de siete años un paciente para consultar una cuestión puntual. En dos entrevistas el tema estaba resuelto, nos dimos un abrazo y aquí estaré cuando me necesite. Es necesario perder el miedo, quitar los prejuicios y tomar el espacio de la psicoterapia como un recurso más que tenemos para encontrarnos a nosotros mismos.

La lista de malestares que hombres y mujeres traen al consultorio tienen que ver en general con los vínculos esenciales (familiares, laborales, de pareja, con los hijos), frustraciones, sueños olvidados, pero sobre todo un viejo axioma que encontré reformulado en las redes sociales hace poco y que es aquel de que lo malo no es tropezarse dos veces con la misma piedra, lo malo es encariñarse.

Cito una vez más al maestro Galeano: “Si me caí es porque estaba caminando, y caminar vale la pena, aunque te caigas”.

Que el pensarnos en una terapia nos ayude a ser más libres, a dudar, a caminar, a caernos y a poder levantarnos. Y sobretodo a entender y poder elegir los caminos por los que andaremos en el maravilloso y complejo arte de vivir.

*Alejandro Schujman es psicólogo especializado en familias. Director de Escuela para padres. Autor de Generación Ni-Ni y coautor de Padres a la obra.

 

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