Donald Trump y Jerusalén, dos granadas sin espoleta

La decisión del presidente de Estados Unidos de reconocer a la ciudad como capital de Israel puede provocar terribles consecuencias.

Donald Trump anunciará hoy un nuevo enredo en la tragedia de Oriente Medio. Su decisión de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel tiene todos los elementos calculadores de un dirigente más preocupado por su destino político interno y sus amenazas judiciales, que por las consecuencias de este paso en una crisis demasiado grave y complicada para asumirla ligeramente. El gobierno de Benjamín Netanyahu debería ser cauto y no traducir este paso como una victoria sino como resultado de una imprudencia.

No se advierte, en principio, que esta acción sea consecuencia de una meditada planificación estratégica. Por el contrario irrumpe de modo negativo contra la propia agenda de Estados Unidos para la región, unificando aliados y enemigos de Washington en una misma vereda, justo en momento que se está tejiendo la posguerra en Siria, con Irán y Rusia coronados como los conductores de ese espacio. Trump, que ha degradado la jerarquía de su propio canciller, Rex Tillerson (y esto parece emerger también de ese conflicto), parece apostar más al ruido que a los efectos. Reconocerá a Jerusalén, pero posiblemente atasque para alguna fecha en meses o años el traslado de su embajada desde Tel Aviv a esa ciudad, el gesto simbólico que cerraría esta peligrosa mutación. Ese juego ambiguo y precario no evitará las consecuencias ruinosas de esta decisión, que viola regulaciones internacionales y acuerdos que avaló la propia Casa Blanca como políticas de Estado. En otras palabras, esfuma la capacidad mediadora del propio Estados Unidos.

Es imposible observar esta movida sin tener en cuenta el marco interno en el cual es adoptada. Trump cumple su primer año en la Casa Blanca con un apoyo mínimo para cualquier otro presidente que toca el 35% y confrontado por un avance imprevisible del escándalo del Rusiagate. Esa investigación sobre el involucramiento de Moscú en mucho más que la campaña presidencial de 2016, compromete ya a su círculo intimo tras la confesión de haber mentido al FBI que hizo su protegido y efímero ex asesor de seguridad nacional, Michael Flynn. La comisión que revisa estas conexiones apunta ya a una connivencia mucho más vidriosa con el Kremlin, que ligaría a lavado de dinero y otros revoleos mafiosos, según consignó hace apenas horas The Guardian de Londres.

La decisión sobre Jerusalén parece así nacida más de la cadera que de la mente. Sus efectos inmediatos son una serie de disparos en el pie. Derrumba el lento tejido que el yerno del presidente Jared Kuschner, su virtual canciller en las sombras (y también el blanco del Rusiagate), venia labrando con la corona saudita y a su vez en conjunto con Israel para intentar limitar la expansión de la teocracia persa en la región tras el virtual final de la guerra interna en Siria. Irán se ha fortalecido con ese conflicto, con un brazo que toma Líbano, Irak y Siria, y alcanza al desmadre de Yemen.

Ahora todos estos jugadores, incluyendo a Turquía, se amontonarán en el mismo espacio con sus propios relatos.

El siguiente agravante es la tensión que tomará formas violentas por el extremismo que se liberará desbordado de justificaciones, en medio de esta ira en el mundo árabe. Y con el riesgo de que los fundamentalistas israelíes supongan que la medida sin precedentes en 70 años que adopta Washington, enciende una luz verde para asumir como propio el espacio histórico palestino, a partir del aval nada menos que de la mayor potencia planetaria.

Es cierto, se dirá. Trump ya se ha puesto en contra a la comunidad internacional con su desprecio a las regulaciones climáticas; su repudio al histórico acuerdo de desnuclearización de Irán que lo enfrentó tanto a Tillerson como a su ministro de Defensa, James N. Mattis, o el coqueteo incesante con las formaciones de ultraderecha y neofascistas europeas. Pero esta medida innecesaria desborda las anteriores. “Oriente Medio es la mayor usina de odio que enfrenta la humanidad“ había advertido hace años el inigualable Eric Hobsbawm. Comprender el tamaño de ese desafío implicaría asumir la enorme cuota de prudencia que supone. Pero es improbable que Trump jamás haya leído al notable historiador inglés y no sepa siquiera de quién se trata.

 

www.clarin.com

Sponsors – Direccion General de Rentas de la Provincia de Misiones

Sea el primero en comentar

Haga un comentario