Medioambiente: para fabricar un jean hoy se necesitan 2.900 litros de agua

Crece el debate en torno a la huella de carbono que deja la industria textil a partir del impacto de los materiales usados, el transporte y los desechos que genera. Se vuelve urgente e imprescindible un cambio en la moda, en la elaboración de la indumentaria y en los hábitos de consumo.

La ropa tiene una huella ambiental muy importante que generalmente desconocemos. La relación entre el armario de una casa y el ecosistema es directa. La vida útil de una prenda, los materiales con los que fue elaborada o el sitio en el que se fabricó pueden hacer la diferencia.

Una simple remera o pantalón es capaz de producir un impacto en el hábitat a partir de los kilos o toneladas de dióxido de carbono que pudo haber generado su producción, comercialización y descarte.

En muchos países del mundo –pero fundamentalmente entre la población más joven–se está debatiendo este tema. Ya nadie duda de que la vestimenta afecta al medio ambiente. El creador del concepto de “huella hídrica”, el holandés Arjen Hoekstra, estima que para fabricar una remera de algodón de 250 gramos pueden llegar a utilizarse unos 2900 litros de agua. Unos pantalones “vaqueros” de un kilo pueden llegar a consumirse la friolera de 12 mil litros. Una cifra que ya no puede continuar siendo admisible.

Ahora imaginemos toda la ropa que se produce y se vende por minuto en todo el planeta. Pensemos en todo lo que ello implica: vertido de toneladas de residuos; kilos de tinturas sintéticas que utilizan metales pesados y tóxicos como plomo, níquel o el ultratóxico y cancerígeno cromo hexavalente, también conocido como el “cromo VI”.

Si nos apartamos un poco de los procesos de producción y nos acercamos a los de venta y distribución, veremos que son similares en cuanto a su impacto: cuando lavamos la ropa se liberan sustancias tóxicas que irán a parar al medio ambiente; cuando nos deshacemos de ella (generalmente, por la moda, mucho antes de que la vida útil de la prenda lo requiera) colaboramos con el flagelo de los cinco mil basurales a cielo abierto que hoy tiene la Argentina.

Para sostener el negocio de la ropa, obviamente, hace falta combustible para el transporte. Pensemos entonces que cuando compramos una prenda importada la huella de carbono que dejamos es más grande.

El mundo atraviesa una gran crisis climática y se hace necesario un debate sobre la moda, la vestimenta y la obsolescencia de los productos. Todos se preguntan hoy si es posible una moda más sostenible. La verdad es que se podría avanzar hacia ese objetivo pero sería imprescindible cambiar hábitos y conciencias.

Se debería, por ejemplo, utilizar materiales más amigables con el ambiente. Luego de ese paso sería necesario que el público consumidor se sensibilice y tome por costumbre mirar los etiquetados e indagar más sobre aquellas marcas que más comprometidas están con el problema.

Muchas empresas están incorporando principios de sustitución de sustancias nocivas. En ese sentido, comienzan a ser cada vez más usados el algodón reciclado, el poliéster reciclado, el cáñamo y el lino de agricultura ecológica. También se están ganando un lugar en el mercado aquellas tinturas más naturales que derivan de arcillas, flores y otros componentes de origen vegetal.

Consumir productos amigables con el ambiente y elaborados cerca del lugar de consumo es una gran ayuda para el planeta. Sin embargo, uno de los hábitos más saludables, ambientalmente hablando, sería que todas las personas comenzaran de a poco a construir un armario mucho más pequeño y practicar la economía circular o, lo que es lo mismo, aplicar a su vestimenta la regla de las tres “erres” de la sustentabilidad: reciclar, reutilizar y reducir.

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