José de San Martín, un profesional militar con visión política y humanística

A 172 años de su fallecimiento, el Santo de la Espada, como lo llamó Ricardo Rojas, soportó persecución, olvido y difamaciones durante parte de su vida, y sin proponérselo, jugó a lo póstumo, a la gloria, rechazando la celebridad.

El Santo de la Espada, así llamó el escritor Ricardo Rojas a nuestro máximo prócer por antonomasia. En un nuevo aniversario de su muerte, me permito recordar brevemente el perfil militar del Libertador sin omitir, por supuesto, que presionó y fue el gestor de nuestra independencia, contribuyó con la de Chile, proclamó la del Perú y gobernó ese país. Siempre con ejemplar criterio, combinó lo militar con lo político. En extrema síntesis, San Martín fue eminentemente un profesional con visión política y humanística. No desconocía las campañas de Alejandro Magno y Julio César, pero quizás influyeron más en él las de Federico de Prusia y Napoleón. En la expedición de Chile al Perú se aprecia una influencia del almirante británico Horatio Nelson. Nunca en sus campañas la creatividad y la iniciativa se le fueron de las manos. Como buen ajedrecista, fue un maestro en la estrategia psíquica, y en lo que hoy llamamos acción psicológica –que él llamó “guerra de zapa”– para desconcertar y desequilibrar al adversario.

Exigía una rigidez disciplinaria acorde con la dignidad del soldado, pero inspiraba una confianza empática; sin duda ejerció un mando firme, equilibrado y respetuoso. Su carácter era recio cuando la situación lo imponía; el coronel Manuel Dorrego lo experimentó en carne propia cuando en una reunión de mandos, convocada para unificar voces de mando, pretendió burlarse del tono de voz del general Manuel Belgrano.

Estuvo prisionero de guerra dos veces, lo que contribuyó a fortalecer su férreo temple ante la adversidad, como lo demostró cuando parte de sus fuerzas fueron derrotadas en lo que se conoce como la sorpresa de Cancha Rayada. Fue más allá de las disputas internas. Actuó con coherencia y fe en su causa, desechando prebendas honoríficas. Luchó por la libertad, la justicia y la paz. Respetó al adversario y no descuidó la ilustración de los pueblos. Tuvo humanas carencias y debilidades que nunca ocultó. Su repulsión a las luchas fratricidas ahorró víctimas entre sus conciudadanos.

No dudó en desobedecer al gobierno del Directorio cuando, después de Maipú, en 1819, le ordenó regresar con su Ejército desde Chile para someter a las provincias que hacían la guerra a la autoridad nacional. Al respecto, en 1846, dijo: “Yo había visto que los mejores jefes, como las mejores tropas, se habían desmoralizado y perdido en la guerra del desorden que era necesario hacer, y sobre todo en el desquicio general en que las cosas se hallaban (…) Pero aún ahora tengo la conciencia de que obré en el interés de la revolución de América, y de que, si hubiese ido a Buenos Aires, la campaña del Perú no habría tenido lugar, ni la guerra de la independencia hubiera terminado tan pronto”. Decisión sublime y genial desobediencia, porque privilegió el destino de pueblos hermanos y consolidó el de su patria.

San Martín concibió grandes planes militares que al principio parecieron una locura, pero él los convirtió en hechos. En la concepción de su Plan Continental fue un estratega, en la conducción de sus batallas fue un táctico. Su gran proeza militar, aún hoy, es admirable: con un ejército precario de 4000 hombres, cruzó una de las cadenas montañosas más altas del mundo, sorprendió y derrotó a fuerzas superiores, de la nada organizó una flota y obligó al centro español en América a entregar Lima sin combatir. Sus fuerzas combatieron desde la pampa argentina hasta el Chimborazo: San Lorenzo; Chacabuco y Maipú, en Chile; Río Bamba y Pichincha, en Ecuador; Junín y Ayacucho, en Perú.

Su renunciamiento, el abandono de la autoridad, del poder y su voluntario ostracismo, en 1824, tienen dos antecedentes: el del patricio y político romano Lucio Quincio Cincinato (siglo IV a.C.) y el de George Washington (siglo XVIII). Ambos, y nuestro Aníbal de los Andes, evidenciaron falta de ambición personal, combinada con gran capacidad militar, política y humanística. Vienen a mi memoria algunos conceptos que, en 1869, escribió Bartolomé Mitre: “Tuvo el instinto de la moderación y del desinterés, y antepuso siempre el bien público al interés personal (…) Mandó no por ambición y solamente mientras consideró que el poder era un instrumento útil para la tarea que el destino le había impuesto” (Historia de San Martín, Ediciones Peuser, p. 1243).

Entre otros de sus innumerables axiomas, me permito rescatar algunos que mantienen plena vigencia:

* “Para defender la libertad y sus derechos, se necesitan ciudadanos no de café, sino de instrucción, de elevación de alma y, por consiguiente, capaces de sentir el intrínseco y no arbitrario valor de los bienes que proporciona el gobierno representativo (citado por Guzmán, Carlos; San Martín, Biblioteca del Oficial, 1993, p. 45).

* “El mejor gobierno no es el más liberal en sus principios, sino aquel que hace la felicidad de los que obedecen, empleando los medios adecuados a este fin” (obra citada, p. 129).

* “…La Patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes, ni le da las armas para que cometa la bajeza de abusar de estas ventajas, ofendiendo a los ciudadanos con cuyos sacrificios se sostiene…” (Proclama al Ejército de los Andes, septiembre de 1816).

En nuestra patria, San Martín soportó estoicamente persecución, difamaciones, abandono y olvido durante parte de su vida. Por algunos de sus conciudadanos fue acusado de ambicioso, cobarde, traidor y espía inglés. Nunca devolvió agravios. Falleció el 17 de agosto de 1850 en Boulogne Sur Mer (Francia). Recién en 1880 sus restos fueron repatriados. Descansan donde él quería: en el corazón de la ciudad de Buenos Aires. Desde entonces nunca fueron suficientes ni el bronce, ni el mármol, ni la piedra, para valorar su figura. Sin proponérselo, jugó a lo póstumo, a la gloria, rechazando la celebridad.

Por Martín Balza – La Nación